lunes, 19 de marzo de 2012

Hasta pronto querida tía...

Ante tu féretro estoy, querida tía, dándote no un adiós sino un hasta luego. En mi memoria quedarán tus carcajadas y cheveridad, esas ganas de salir adelante que no he conocido en ninguna otra persona. Atrás quedó tu recuerdo, pues siempre vivirás en mí y alcanzaste a ver algunos de mis logros en esta vida.

... Recuerdo mucho cuando me fui a vivir solo: me llevaste al supermercado y me compraste algunas cosas para el apartamento... o cuando me ayudaste a comprar el mío propio, algo que nunca olvidaré...

... Sé que al final supiste que tu camino en este plano ya había llegado a su fin, que era la hora de pasar a otra cosa... y dejaste tu marca en todos los que te conocimos... No te preocupes por nosotros, cuidaré de los nuestros... ... ... ...Ya pronto nos veremos tía... mientras tanto, honraré tu recuerdo tratando de ser el hombre que sé que querías que fuera.. buen viaje tía Yolanda: tu luz alumbra mi camino.

jueves, 1 de marzo de 2012

“REANIMANDO” LA HYBRIS EN LOS NUEVOS TIEMPOS


Acabo de leer "Las Bacantes"de Eurípides y su motor trágico me llevó a la siguiente asociación, un nuevo desvarío: dentro de la tragedia griega, es crucial entender el concepto de hybris, aquella osadía del individuo de afrentar ciertos órdenes divinos, una desmesura en el orden de las cosas. Este tipo de comportamiento ha servido de sustrato temático para muchos relatos de horror, tanto en la literatura como en el cine del mismo género: lo ominoso del asunto es la némesis que acarrea tal audacia.

Uno de los más importantes es el planteado por el relato “Frankestein” de M. Shelley, publicado originalmente en 1823, donde el individuo trata de crear (¿recrear?) la vida, potestad de los dioses o fuerzas superiores. El Dr. Frankestein recibe un castigo por ello, al tiempo que libera un “monstruo”, metáfora de esa acción intrépida de generar vida humana a partir de partes de humanos muertos.

Icónico y arquetípico, la esencia de ese relato se ha utilizado en otros relatos. El escritor de horror H.P. Lovecraft lo utilizó en un cuento titulado “Herbert West: reanimator” en 1922; en esa instancia, el norteamericano crea a un personaje que descubre un líquido capaz de devolver la “vida” a una materia inanimada, que alguna vez lo fue.  No fue este uno de los relatos favoritos del escritor norteamericano, ya que le pagaron muy poco por él.

Fue años después, gracias a un transvase libre que hizo el director de cine B Stuart Gordon en 1985 (primer parte de una trilogía, de las más famosas del cine de terror occidental), que la figura de West entró al panteón de personajes terroríficos. Digo “libre” porque el guionista y director solo escogió una pequeña parte del universo diegético escogido por Lovecraft para su versión cinematográfica en la cual, como veremos brevemente más adelante, la dinámica de la némesis cambia, quizás una actualización a las nuevas formas de ver el mundo que tiene el hombre moderno.

En la versión de Gordon, West (interpretado por Jeffrey Combs) es un investigador médico obsesionado con el mejoramiento de un líquido que es capaz de “reanimar” corporeidades ya muertas. Llega a la Universidad Miskatonik, donde pasa a compartir vivienda con una joven promesa de la medicina, Dan Caine (Bruce Abbott), quien hasta ese entonces reparte su tiempo entre sus estudios y su bella prometida, Megan (personificada por la scream queen Barbara Hampton). Al principio, Caine no entiende lo introvertido e inescrutable de West, quien en secreto y en el sótano de la casa experimenta con el líquido que reanima (de un color verde esmeralda y textura viscosa, valga decir).

Cuando es descubierto por Caine, West lo convence de que se una al proyecto, utilizando como argumento la fama y fortuna, el nombre científico que se podrían granjear si el invento es exitoso. Pero hay obstáculos: además del problema ético y moral desde la medicina tradicional (es contra natura volver los muertos a la vida) y de la sociedad occidental en general, está la expectativa de Megan, quien ve preocupada cómo su prometido va aislándose cada vez más, mientras el jefe de investigaciones de la Universidad y profesor de ambos, el Dr. Carl Hill (David Gale) sospecha algo y no les quita la mirada de encima, especialmente por la altanería y prepotencia de West en clase.



El problema para West y Caine consiste en que los seres reanimados (inicialmente un gato negro y luego seres humanos), retornan de manera irracional y furiosa: son zombis. En el trascurso del relato, West y Caine tratan de lidiar con el maremágnum que van formando, tratando de ir mejorando los efectos del líquido, mientras su entorno se va llenando de muertos en vida.

La hybris de West está muy clara: el desafío a la lógica natural de la mortalidad, buscando quizás una Moira descabellada: no solo desafía las leyes naturales, sino la autoridad moral y académica de su profesor, el Dr. Hill. Sin embargo, el ethos de West es muy radical: en un punto del relato nada más parece importarle que el control total sobre el efecto del líquido: fama, dinero, mujeres u otros incentivos o deseos pasan a un segundo plano para él, solo le interesa el experimento, la cientificidad del mismo, en sí: nunca queda clara cuál es su pregunta fundamental, su motivación parece básica y unidimensional y eso lo hace muy peligroso para los demás actantes del relato.

Hay incluso una subversión de ese orden griego cuando, a punto de ser denunciado por sus experimentos por Hill, West lo decapita (como lo fue Penteo por Ágave a las órdenes de Dionisio), con la diferencia que es el mismo West quien aprovecha el impasse para reanimar la cabeza de su maestro, cabeza que, a diferencia de los otros cuerpos reanimados, es lúcida y se transforma en una suerte de villano, si consideramos a West un héroe: es el vehículo de la némesis.

¿Quién la sufre directamente? He aquí uno de los cambios con respecto a las formas clásicas que proponen los nuevos modos de contar; no recae en West sino en Caine: Megan se ha vuelto el punto débil del dúo y es a ella que apunta la cabeza de Hill, al igual que su cuerpo acéfalo. Lo interesante aquí entonces es que la acción, la retribución, debe ser pagada por un personaje que evidentemente es uno secundario y es quien experimenta al anagnólisis, pues en determinado punto trata de detener a West, quien en su megalomanía hace caso omiso a todo el desorden social que desata alrededor. Los esfuerzos de Cain por detener a su obsecado colega son inútiles y eventualmente deben luchar juntos contra las hordas de zombis y el mismo Hill.

West querrá escapar y poder comenzar de nuevo en otro lugar sus experimentos sin responsabilizarse por sus acciones, mientras Caine solo quiere salvar su vida y la de su prometida. Así, lo que comienza como una disputa ideológica y ética acerca de la investigación médica y sus límites, termina en un relato donde los antagonistas comparten una forma de actuar similar desde bandos contrarios (West y Hill), pero que en el fondo es unida por sus propio egoísmo.

Dan Caine (el personaje menos Bretchiano según la clasificación de Francis Vanoye, aquél que causa una extrañeza en la identificación del espectador con la focalización), es el actante trágico de este relato: Megan muere y es de este hecho que se postula la segunda parte de la trilogía, “The bride of Reanimator” de 1990, nuevamente con West y Caine como protagonistas, ahora prófugos de la ley. En esta entrega Dan obliga a Herbert a revivir a su novia muerta con el líquido, pero los resultados son catastróficos (¡no podía ser de otra manera!) y de esta manera la némesis (que en este caso es una Frankestein zombi), se apega un poco más a su contraparte masculino en el relato original de Shelley. Quien paga de nuevo, y esta vez de una forma contundente, es Caine, quien no sale en la tercera entrega, “Beyond the Reanimator” (B. Yuzna, 2003).

El horror visual, su tratamiento gore y los efectos especiales análogos se tamizan bajo la tragedia de Dan, así como el humor negro que destila todo el filme: perder su vida tranquila y a la mujer que amaba, haciendo de “Sancho Panza” de un científico brillante pero demente, siendo el depositario de ese castigo por cada nuevo intento de desafiar las leyes divinas de la vida y la muerte.

Quise escribir de este filme pues encuentro un gran valor estético en las narrativas visuales y sonoras del cine de terror, desde el tradicional hasta el más reciente. Creo que es en este género donde tragedias y comedias se citan de manera en algunos casos muy superficial o en otras muy profundas, siempre cuestionando nuestra propia mortalidad, limitaciones y lugar en el cosmos.