jueves, 26 de julio de 2012

37 años sin el sabor de la victoria



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PABLO SANDOVAL (interpretado magistralmente por Guillermo Francella), personaje entrañable y deuteragonista en "El secreto de sus ojos" de Juan José Campenella, decía en un apartado de ese filme, tras una hermosa disgresión, que el individuo puede cambiar de todo en su vida, menos su fidelidad a un equipo de fútbol. 

En "Viernes 3 AM", compuesta por Charly García se hablan de esas mutaciones de las que está hecha la vida: 


Cambiaste de tiempo y de amor
y de música y de ideas
Cambiaste de sexo y de Dios,
de color y de fronteras...
pero en sí, nada más cambiarás...

En sí, parece dejar implícito que a pesar de todos los cambios, la fidelidad a una entidad deportiva, a un equipo si se quiere, no sería motivo de cambio, nunca: aquellos que realmente son fanáticos del deporte del balón no cambian la divisa de su corazón sin importar si su equipo gana, pierde, empata, si se la "montan" o no los demás por los resultados.

Este tema está hermosamente clarificado en los primeros capítulos de "Dios es redondo", libro que me acabo de leer y que ha reafirmado que Juan Villoro escribe muy sabroso (¡me salió medio rimado!) y que el fútbol como juego, como manera de entender la vida, es de las cosas más lindas que hay.

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Mi papá es el menor de once hermanos. De lado paterno, tengo aproximadamente 47 primos y primas y muchísimos de ellos ya hasta son abuelos... el punto es que TODOS, TODOS (hasta donde recuerdo) son hinchas de Millonarios, uno de los dos equipos insignes de Bogotá.

Era normal ir a sus casa y ver afiches, banderas y demás parafernalia que muestra su devoción por los colores blanco y azul. Aún no sé muy bien por qué, pero por alguna razón mi papá siempre ha sido hincha del INDEPENDIENTE SANTA FE, el otro equipo de la Capital colombiana y quien se coronó campeón en el primer torneo profesional en este país futbolero, por allá en 1948.

De más está decir que esa afición, esa fiebre, es uno de los legados que mi papá nos ha dejado a mis hermanos, especialmente a Danilo y a quien escribe este desvarío. Nunca fuimos ni seremos de esos animales que usan la afición por una camiseta como excusa para ir a reventar o darle al que tenga la de un equipo contrario, o casi terminar al borde de un colapso cardiáco como el Tano Pasman cuando River descendió a la B... Pero, cuando se podía, mi papá nos llevaba sagradamente, todos los domingos, al Campín a ver jugar a Santa Fe.

Recuerdo que íbamos, comprábamos de esas sillitas de espuma y (algo muy difícil ahora) nos sentábamos mezclados con familias enteras e incluso fanáticos del equipo rival sin que uno o esa persona se sintiera amenazado. Rememoro ahora que él nos llevaba a los camerinos y allí conocí a mis ídolos del equipo, a aquellos que soñaba ser cuando en el colegio jugaba fútbol: Gottardi, Odine, el super arquero Navarro Montoya... en fin. 

Luego vino la separación de mis padres y los domingos de fútbol se fueron al carajo: ninguno de mis tíos o primos era fanático del fútbol y Javier David y yo éramos muy pequeños para ir solos a un cotejo. Pero como decía al principio, este amor es algo que nunca se va.

No volví al estadio a ver a Santa Fe: para la altura que tuve la edad y el dinero para ir, las barras bravas y esa violencia estúpida en el fútbol lo disuadían a uno. Los seguía por televisión y durante muchos, muchos años, esperé ver a mi equipo campeón. No había sido posible, pues tres equipos que eran propiedad del cartel de Cali y de Medellín compraban árbitros, los mejores jugadores, los juegos y ganaban un año tras otro.

Nunca había visto a Santa Fe campeón. Mi padre alguna vez me hablaba de esa última vez (en 1975) cuando con Alfonsito Cañón y Ernesto Díaz a la cabeza, el Expreso Rojo (como se le conoce también a Los Cardenales) dio la vuelta olímpica y colocaba seis estrellas sobre su hermoso escudo.

En todos estos años hubo campañas más o menos buenas y otras sumamente desastrosas. Un par de veces la oncena de turno, como buena entidad en femenino, hacía sufrir y creer que el triunfo era posible. Pero por errores humanos, compras de mafiosos dueños de otros equipos, azares o simplemente un triunfo vedado, el equipo nunca ganó.

Pero mi fidelidad se mantenía intacta. No de la manera escandalosa y pública de usar camisetas y gritar arengas a favor y en contra, sino de una manera más íntima, como me enseñó mi papá: seguirlos en las noticias, responder con orgullo "Santa Fe" cuando se le preguntaba a uno de qué equipo era, etcétera...

Muchos de los hinchas del Expreso eran como yo: amamos nuestro equipo pero nunca lo habíamos visto campeón: parecía que el equipo estaba ahí para jugara con los sueños y expectativas de todos sus seguidores, del deseo de ese pequeño triunfo moral y colectivo que significa que el equipo de su corazón gane algo, sea el mejor de todos.

Hace relativamente poco tiempo volví a hablar con mi papá. En las épocas feas, cuando había tensiones entre nosotros y nos distanciábamos, un tema que siempre aliviaba el ambiente era el Santafecito... Y este 2012 ocurrió algo que añoraba desde mi niñez: volví al estadio con mi papá :) :) Conseguimos las boletas, cada uno salió del trabajo y en un Transmilenio nos confundimos entre la muchedumbre blanca y roja que iba a ver un juego difícil, contra el Nacional de Medellín.

Me di el lujo de ser esta vez yo quien invitara al perro caliente y a la gasesosa, de compartir con él un auricular para ir escuchando la narración en AM, como en los viejos tiempos de él. El equipo jugó bien y ambos salimos reconfortados porque, sin darnos cuenta (yo creo que nadie lo esperaba) Santa Fe estaba haciendo una campaña que apuntaba a que estaría en la final.

De más está decir que ese fue el tema recuerrente con mi padre en todos esos días: ambos, cada uno por su lado, mirábamos las noticias y los lentos avances del equipo haciendo, como la de Simón Bolívar, una "campaña admirable". Contra todo pronóstico, ocurrió lo que más deseábamos: Santa Fe llegó a la final. Miles de fanáticos, personas de todas las razas, credos religiosos, estratos sociales y económicos diferentes, de varias generaciones, pusimos nuestro corazón en suspenso por una final que parecía compleja. Muchos, como yo, guardábamos silencio cuando preguntaban nuestro pronóstico del partido con el Pasto, equipo de muy buen nivel en el torneo, regular y concentrado.

El primer partido fue en la capital de Nariño. Santa Fe revertió un marcador adverso a un gol y sacó un empate que le permitiría, al menos de forma simbólica, tener un matiz de ventaja en el último partido que sería en El Campín. No sé por qué ese domingo mi papá y yo no hablamos. Supongo que él estaría con su familia viéndolo en casa. Yo me encontré con un viejo amigo santafereño y lo fuimos a ver a un centro comercial junto a un montón de nerviosos hinchas albirrojos.

Sudé, lloré, se me fue la voz. Fue un partido apretado y no recuerdo haber sufrido de expectación en mi  vida así nunca antes... En el segundo tiempo, luego de un tira y afloje agónico desde el primer minuto, Copete como sin querer marcó el gol de la victoria... :D A veces es extraño sentirse tan feliz... es extraño que el equipo que has acompañado durante toda la vida finalmente conozca la gloria del triunfo, el levantar una copa: el (sin ayuda del Narco) ser el mejor entre todos los demás.

En medio de la algarabía, de abrazar extraños en un centro comercial, de ver a niños vestudos con la camiseta llorando por ver a sus padres llorando (pero de felicidad) me llegó un mensaje de texto:

"DH, abrazo de campeón. Estoy celebrando con polas, después hablamos"

DH soy yo, Diego Hernando... así siempre le ha dicho mi papá a su primogénito. Y esas polas sé que se las estaba tomando por mí también... Sé que a la distancia ambos estábamos unidos en esa gran final y en algo que en algún momento pensamos que no iba a suceder, Santa Fe campeón. Vivir para contarlo: mi papá ver a su equipo ganar, yo poder sentir en carne viva las historias que él me contaba de cuando, en otros tiempos y otro fútbol, el Expreso ganaba.

De esto ya hace más de una semana, Santa Fe campeón. No he sabido de mi papá. Supongo que, como yo, sigue levantándose cada mañana, desde ese domingo, con una sonrisa en la oreja pensando en el triunfo de nuestro equipo, en una parte constituitiva de quien somos como Bogotanos... Ahora ya se habla que vamos por la octava... Ahora, a diferencia de años pasados, ya puedo pensar que es posible.


viernes, 8 de junio de 2012

¡El nuevo himno de mi vida! (Y la bailo y canto todas las noches)


Lonely Boy
The Black Keys





Well I'm so above you and it's plain to see
But I came to love you in a way
So you pull my heart out, and I don't mind bleeding
Any of the time you keep me waiting, waiting, waiting

Oh oh oh I got a love that keeps me waiting...
Oh oh oh I got a love that keeps me waiting...
I'm a lonely boy
I'm a lonely boy
Oh oh oh I got a love that keeps me waiting

Well, your mama kept you but your daddy left you
And I should have done you just the same
But I came to love you, am I born to bleed?
Any of the time you keep me waiting, waiting, waiting

Oh oh oh I got a love that keeps me waiting
Oh oh oh I got a love that keeps me waiting
I'm a lonely boy
I'm a lonely boy
Oh oh oh I got a love that keeps me waiting
Oh oh oh I got a love that keeps me waiting

Oh oh oh I got a love that keeps me waiting
I'm a lonely boy
I'm a lonely boy
Oh oh oh I got a love that keeps me waiting

lunes, 4 de junio de 2012







Temo perder a aquella a la que nunca he tocado
el amor me mantiene esclavo en una jaula de lágrimas
me carcomo la lengua con la que nunca le puedo hablar...
añoro a una mujer que nunca nació
beso a una mujer a través de los años que me dicen que nunca nos conoceremos...

                                                                                                              
                                                                                                                   (Psicosis 4:48, Sarah Kane)