sábado, 28 de mayo de 2011

HABLEMOS DE ELLA...


Mmmmmmm… Esta es una historia de amor, quizás una de las más importantes de mi vida...

La conocí temprano en mi recorrido vital… Yo debía estar como en primero de bachillerato. Cada viernes hacían una misa en el colegio católico en el que estudiaba. El sueño de mis padres siempre fue que estudiara allí, en ese centro académico que desapareció hace ya dos años, luego de más de cien de historia. La verdad, en el ambiente ñoño en el que me movía, no pensaba mucho en el universo femenino… al menos, hasta que la vi: era grande, brillante y negra. Fue en una misa, por supuesto, y no presté atención a ese sermón por estar detallando sus formas curvilíneas, la textura de su piel, sus sonidos brillantes… En ese momento, un muchacho de once la tocaba… Por primera vez en mi vida, sentí lo que, luego supe, le dicen celos… 

¡Quería una así para mí, quería tener una para mí y hacerla vibrar de la manera que ese joven lo hacía! Y la quería ya…

Por aquella época, mis padres se estaban separando. Mi papá contaba con varios negocios y una holgada situación económica, y trataba de reemplazar sus irresponsabilidades con sucedáneos materiales. Cuando, luego de leer mi reporte de notas colegiales, me preguntó qué quería, yo ya lo tenía en mi cabeza. Con Jaby habíamos conseguido unas cajas viejas de galletas y viejas radiografías de la abuela. Las tensé y pegué en la caja vacía. Con dos palos, las golpeaba y jugábamos a que teníamos un grupo musical… Mi batería, soñaba con ella, con tocarla… 

Un sábado, mi padre nos llevó a un almacén musical ubicado detrás del edificio Colpatria: “El Redoblante”, aún está allí. Recuerdo el viento frío y la seriedad del vendedor… A esa altura, a mi padre sólo lo veía los fines de semana, las cosas en la casa no andaban bien. Jaby quería un teclado… Yo me paseé por la tienda, asombrado por la variedad y buscando la que me llamara, sería un matrimonio para toda la vida… y la vi… en una esquina, reluciente, negra, con parches Remo y madera nacional… toda una metáfora de mi raza, Europa e Indoamérica, jajajajajajajajaja, made in Colombia…

Nunca tomé clases. La llevaban a casa a los tres días… Recuerdo llegar del colegio, bajarme del bus, un miércoles a las cuatro de la tarde… Entré a casa emocionado como nunca. Un tío la había armado en la sala de la casa y sus golpes en los parches se escuchaban por toda la cuadra. Me sentí feliz: empecé a improvisar los ritmos que practicaba con las cajas de galletas y a sentir el peso del pedal del bombo bajo mi pie… Fui tan feliz… tan feliz… hasta que después de una hora mi mamá me imploró que parara, los vecinos ya estaban llamando a la policía, jajajajajajajajajaja…

Y así empezó el romance… La bauticé Petronila, aún no sé por qué… Me acompañaba en tardes solitarias de viernes, en las celebraciones navideñas familiares (con Javi, mi hermano, montamos canciones navideñas)… Pronto fui conocido en el vecindario y empezaron las primeras bandas, los vecinos se acostumbraron al ruido, daba clases de batería a algunos del barrio, mi gusto por la música clásica definitivamente perdió terreno frente al rock, que desde los discos Stone de mi padre ya estaba inoculados en mí… Con unos amigos ensayábamos y ensayábamos… Con ella también cumplí el año social que lo obligan a hacer a uno en 11 grado. Trabajé con el INCI (Instituto Nacional de Ciegos), donde me tocó con una profesora de música de colegio distrital invidente; por ello, mis horas la pasé acompañándola Petronila y yo, mientras ella tocaba el acordeón y cantaba en diferentes izadas de varias escuelas públicas del sur de Bogotá. 

A pesar de lo aparatosa, llevaba a Petronila a todo lado: con ella salí en un sketch cómico en el que participé para un conocido programa televisivo de humor de la época, o la llevé en aquél concierto que hicimos (de varios) en un colegio de Ciudad Jardín, donde el estudiantado nos trató como a rock stars…

Pero todo romance tiene sus altas y bajas… Luego de la Universidad, luego de tocarla al menos dos días a la semana, de hablarle, nos tuvimos que separar. Me fui del país a estudiar cine y ella se quedó aquí.  Al despedirme, me dije que pasaría mucho tiempo antes de volver a verla… Pero a los cuatro años, después del 11 de septiembre, luego de que me cambiara mi cosmovisión la vida de inmigrante, volví. Solo a verla: en USA toqué baterías electrónicas, pero sentía saudade de mi Petronila… 

Y hace dos años, volví a ella… después de mucho tiempo sin tocar, volví… pero a ella como tal no. Ahora descansa en una bodega… Pero cada viernes, en un ensayo con los Rufinos, me encuentro con otra de su clase, pero de diferente color y número de extremidades (tones, diámetros de tambores, crash rotos o nuevos): amarillas, rojas, azules, verdes… Y, cuando por azar me toca una sala donde está una negrita, no dejo de pensar en   mi Petro… su recuerdo va en mí siempre y la llevaré a donde vaya… y con esto me refiero, física y mentalmente… Mi compañera.



miércoles, 25 de mayo de 2011

TORMENTO (Babasónicos)


Aunque en ultramar me espere
una tormenta tropical
y yo me espere
seré gracioso un rato más

Paguemos algo que todavía no rompimos
para que luego no nos vengan a frenar
y terminemos con el barco destrozado
y con los restos del naufragio
zozobrando por el mar.

Por ahora tengo ganas de estar solo
y me queda poco tiempo de ahora en más
lo que dure mi recuerdo en tus ojos
y cuando parpadees, no estaré más...

Me verás surgir y caer
aunque el faraón le ponga
un precio alto a mi cabeza
y yo demore en escapar un rato más...

domingo, 8 de mayo de 2011

Haruki Murakami, mon amour littérarie...


Mmmm... tanto por decir de este escritor nipón, no sé por dónde empezar... Tal vez solo reste decir que su escritura me ha impelido a escribir de nuevo ficción, tal vez por la fluidez de sus acciones, porque sus personajes son tan japoneses pero al mismo tiempo tan universales, porque he vuelto a obligarme a leer ficción de manera juiciosa de nuevo, porque ha sido un solaz de pensamientos y lucidez en las anguastias de los últimos meses, porque compré varios de sus libros en el Distrito Federal mexicano (donde Dani, mi hermanito menor, me acompañaba y me miraba con la cara de "¿cómo vas a llevar todos esos libros a Bogotá?"). Me encanta la manera como describe la psique de los personajes masculinos, las referencias al jazz y al rock clásico, los hipotextos de sus diálogos, los pasajes oníricos de sus novelas, lo irresoluto y contundente de sus cuentos. No en vano, caro lector de estos desvaríos, la primera entrada de este blog es una cita de él.. Ahora, habiendo publicado varias cosas y de haberme demostrado otras, siento que cierro el ciclo de incubación con otra cita de él, para marcar un antes y un después en este blog, mi regreso a la disciplina literaria... Quisiera escribir más sobre él, pero me siento cansado, nunca estaría conforme con lo que escribiese sobre él... ¡Es tan hermosa esta cita! Hubiese deseado escribirla yo... Pero ahí va:

"¿Por qué tenemos que quedarnos todos tan solos? Pensé. ¿Qué necesidad hay? Hay tantísimas personas en este mundo que esperan, todas y cada una de ellas, algo de los demás, y que, no obstante, se aíslan tanto las unas de las otras. ¿Para qué? ¿Se nutre acaso el planeta de la soledad de los seres humanos para seguir rotando? Me tumbé de espaldas sobre una piedra plana, alcé la vista hacia el cielo y pensé en la multitud de satélites artificiales que debían estar girando alrededor de la tierra. El horizonte aún estaba ribeteado de una pálida luz, pero en aquel cielo teñido de un profundo color vino empezaban a brillar ya las estrellas.

Busqué en él la luz de los satélites. Pero aún había demasiado claridad para que pudieran apreciarse a simple vista. Las estrellas visibles permanecían inmóviles, cada día en su lugar, como clavadas en el cielo. Cerré los ojos, agucé el oído y pensé en los descendientes del Sputnik que cruzaban el firmamento teniendo como único vínculo la gravedad de la tierra. Unos solitarios pedazos de metal en la negrura del espacio que de repente se encontraban, se cruzaban y se separaban para siempre. Sin una palabra, sin una promesa".

(Sputnik mi amor, HARUKI MURAKAMI).