lunes, 3 de abril de 2017

... Su voz me dijo adiós y colgó.

Me incorporé de la cama y coloqué el celular en la mesa de noche. En la radio, el locutor mencionaba que las protestas en Bogotá se habían intensificado y que el ESMAD ya estaba siendo enviado a las estaciones para sofocar los nichos vandálicos que, a palo, piedra y grafitti, pedían mejoras en general para la población.

Miré con desdén el expediente que estaba a los pies de la cama. Al lado del Tv seguía la maleta abierta, ropa sucia llena aún de la arena de Ica, adquirida de tanto hacer sandsurfing bajo el húmedo sol peruano. Juan Alberto me había llamado en la madrugada, rompiendo un fin de semana que prometía el mantenerme desconectado del mundo, alejado de todo y todos, en la tranquilidad de mi habitación en el norte; me había apertrechado para tal fin: unas Stella Artois, un paquete de Mustang Azul, los libros de gramática española de Alex Grijelmo y la primera temporada de The Walking Dead.... y por supuesto, el recuerdo de ella.

Pero el portero del conjunto me había timbrado en la mañana, casi a las siete, para entregarme el documento. Casi sincrónicamente, la llamada de Juan llegó; me pedía ayuda, y pensé que en verdad debería ser urgente, pues él sabía cuánto detestaba yo seguir vinculado al departamento forense, más después del caso de la estación de "Flores" de Transmilenio.

 Ummmm, no hablar de eso me llevó a un tour por el Perú, donde las líneas Nazca y el Machu Picchu me dieron fuerzas para volver a la Bogotá caótica que recibió Petro, el nuevo alcalde y comenzar a pensar qué sería de mi vida...

Del viaje volví con la idea de dejar mi oficio en Medicina Legal: seis años había sido suficientes. Eso coincidió con la partida de Liliana, quien definitivamente había emigrado a Bombay para unirse a una compañía de danza árabe...

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