lunes, 3 de abril de 2017

De cómo nacieron THE RUFINOS (Parte I)...

Recién me estaba estrenando en un nuevo trabajo; me habían "ascendido" por así decirlo. R, a quien conocía de vista, se me acercó y buscó hablar conmigo. No conocía a casi nadie y el peso del nuevo trabajo me tenía anonadado. Tiempo después, ya más at ease, surgió la posibilidad de que tocáramos juntos. Fue una tarde cualquiera: hablando de cosas varias, le conté que en una época tocaba la batería. Él me contó que le jalaba a la música y que deberíamos tocar juntos... Temiendo quedar mal o quizás para no romper la camaradería, le dije que sí, que de una... Hace más de doce años no lo hacía, después de ser muy constante...

Días después, subimos al departamento de Arte y Cultura, quienes organizaban un encuentro de intépretes en la U donde trabajo. Cuando me di cuenta (muy rápido), resultó que R y yo íbamos a tocar en el intermedio de dicho encuentro, una locura. R. toca la guitarra y canta muy bien. Me preguntó si conocía a algún bajista... Un año atrás había conocido a M,. todo un personaje, que en una primera instancia me había parecido excéntrico, de voz gruesa y posiciones radicales respecto a todo: un ser de una franqueza apabullante. Le sugerí su candidatura a R., teníamos solo tres semanas para ensayar algo, antes del encuentro. Era obvio a esta altura que haríamos covers, no había tiempo para más: nuestro público serían nuestros mismos estudiantes, los tres somos profesores...

Hablamos con M. Lo que empezó como un experimento sonoro y de química musical, se volvió algo más grande. Ni siquiera habíamos pensado en qué tocaríamos, cuando unos días después los tres nos reunimos en la sala de profesores a ver qué hacíamos. Coincidió allí Juan M., a quien recién conocía. Nos escuchó y pidió reunirse: resultó que unos años antes, él (que se define como músico) tenía una banda que incluso se había presentado en algún Rock al Parque; no solo eso, tocaba muy bien la guitarra y era profesor de Técnica Vocal (el tono de su voz, así como su prosodia son famosos entre los estudiantes y demás profesores, una marca distintiva en él).

Y continuará (esta será una historia digna de Bands Reunited de VH1). 




... Su voz me dijo adiós y colgó.

Me incorporé de la cama y coloqué el celular en la mesa de noche. En la radio, el locutor mencionaba que las protestas en Bogotá se habían intensificado y que el ESMAD ya estaba siendo enviado a las estaciones para sofocar los nichos vandálicos que, a palo, piedra y grafitti, pedían mejoras en general para la población.

Miré con desdén el expediente que estaba a los pies de la cama. Al lado del Tv seguía la maleta abierta, ropa sucia llena aún de la arena de Ica, adquirida de tanto hacer sandsurfing bajo el húmedo sol peruano. Juan Alberto me había llamado en la madrugada, rompiendo un fin de semana que prometía el mantenerme desconectado del mundo, alejado de todo y todos, en la tranquilidad de mi habitación en el norte; me había apertrechado para tal fin: unas Stella Artois, un paquete de Mustang Azul, los libros de gramática española de Alex Grijelmo y la primera temporada de The Walking Dead.... y por supuesto, el recuerdo de ella.

Pero el portero del conjunto me había timbrado en la mañana, casi a las siete, para entregarme el documento. Casi sincrónicamente, la llamada de Juan llegó; me pedía ayuda, y pensé que en verdad debería ser urgente, pues él sabía cuánto detestaba yo seguir vinculado al departamento forense, más después del caso de la estación de "Flores" de Transmilenio.

 Ummmm, no hablar de eso me llevó a un tour por el Perú, donde las líneas Nazca y el Machu Picchu me dieron fuerzas para volver a la Bogotá caótica que recibió Petro, el nuevo alcalde y comenzar a pensar qué sería de mi vida...

Del viaje volví con la idea de dejar mi oficio en Medicina Legal: seis años había sido suficientes. Eso coincidió con la partida de Liliana, quien definitivamente había emigrado a Bombay para unirse a una compañía de danza árabe...

Mallarino Florez y su trilogía Bogotá

Sacando tiempo para la buena lectura (generalmente en los buses, sigo diciéndome que eso del desprendimiento de retina es solo un mito), logré completar la trilogía Bogotá de Gonzalo Mallarino Florez. Creo que uno es de su ciudad. Mi relación con esta urbe es de amor y de odio; desde el sentimiento de adoración o terror, tengo claro que cuando muera quiero ser cremado aquí, que mis cenizas sean arrojadas a las olas eólicas desde Monserrate y se esparzan por esta jungla de 8 mal contados millones, la ciudad de todos y de nadie y aún así, mi ciudad: la tenaz suramericana.

He estudiado a Bogotá desde diferentes ámbitos: mi tesis de maestría fue sobre la construcción simbólica del Distrito Capital colombiano en "Perder es cuestión de método" de Gamboa, así como una investigación sobre los imaginarios urbanos que desde el audiovisual contemporáneo se hacen de ella. Soy orgullosamente rolo-cachaco-capitalino. Parafraseando al egregio bogotano Armando Silva, tengo claros mis croquis mentales, las zonas que recorro la gran parte de los días siguiendo la rutina de ir a trabajar, a estudiar y luego a casa. La carrera séptima y la troncal de la Caracas se me antojan como grandes arterias donde me siento, cada mañana y cada noche, como un hemoglobito que sigue la misma dirección, alimentando con mis angustias el áura grisácea, café y verde de la Capital.

Fue en esos trayectos que literalmente "devoré" estos tres libros, cuya estructura de saga está muy bien utilizada. Los encontré en una promoción de una megacadena, editados por "DeBolsillo" en donde se compran tres por $50.000 (unos veinticinco dólares, por si alguien no maneja la inflación del peso colombiano). Había leído las contraportadas y el hecho que el autor se animara a llamar por su nombre a la ciudad, al topoi de sus relatos, como la ciudad donde nací, Bogotá, fue el primer "gancho" para animarme a leerlas.



La primera de ellas está ambientada en la Bogotá semirural de los años 20 en el siglo XX. Es un médico que lucha para combatir una nueva infección que ha aparecido en la ciudad (la sífilis), especialmente transmitido en los lupanares de la urbe. Este libro está bifocalizado, siendo el otro personaje un jorobado sátiro que se va a los alrededores de la ciudad para secuestrar indias, campesinas y negras y ponerlas a trabajar como objetos sexuales. En la segunda, la hija del médico lucha por tratar una ola de muertes entre las mujeres de la Bogotá de los 50... La tercera, es sobre la explosión del edificio del DAS en la década de los 80.

Las tres obras son una saga familiar, aunque se dejan leer separadamente y en cualquier orden. Bogotá es una ciudad que hace falta ser bien contada, sin los clichés regionales y sin la complejidad que supone el caos, amén de pésimas administraciones y el clima de indolencia cosmopolita que cada día crece más.