El año pasado volví a escribir ficción, un ejercicio que siempre he considerado como personal, destinado a los anaqueles de mi memoria y el polvoriento cajón de mi mesa de noche. Después de un tiempo consumido por la escritura científica, los ensayos, las reseñas, apareció un concurso de la embajada de Brasil en la que se homenajeaba a uno de mis superhéroes literarios, el nativo de Minas Gerais, Rubem Fonseca.
Mi primer acercamiento a él es de vieja data, desde que pasaba los "huecos" entre clases en la Javeriana devorando todos los libros que podía, especialmente de Phillip K. Dick y el imprescindible J.G. Ballard. Una tarde conocí a un estudiante de literatura que preparaba viaje a Rio de Janeiro: el motivo era ahondar sus investigaciones, pues su tesis era sobre este escritor. Saqué lo libros y empecé a leer... Me atraparon su prosa fácil, la sencillez de sus diálogos, el perfil físico de sus antihéroes (especialmente Mandrake), las ambientaciones del ser brasileño, cómo construía una femme fatal a la latinoamericana.
Hace dos años reeditaron sus novelas (la gran mayoría de ellas) en Colombia y, como un fan enamorado (al estilo de Servando y Florentino jajajajajaja), ahorré todo lo que pude para tenerlas en mis manos, originales, alineadas en mi pequeña biblioteca, a pesar del exagerado precio que tienen los libros en este país. Valió la pena.
Por ello, cuando salió el concurso, quise hacerlo por el puro ejercicio, por "soltar la mano". Se le daba a uno una frase detonante (que en el relato está en negrilla) y a partir de ahí se construia una pequeña diégesis que no superara las 1.000 palabras... Todo un reto. Recuerdo que duré pensando la historia toda una semana; el día que vencía el plazo de entrega (una hora antes, realmente) me senté en la oficina a redactarla... Plagada de clichés, de giros predecibles y demás, quedó finalmente terminada. De más está decir que no gané, pero esa nunca fue la motivación: sólo quería escribir y concluir algo. Malo o bueno ya es irrelevante...
Ele sabe que tentei fazer o melhor possível prá lhe dar o respeito e admiração que sinto por seus pensamentos, seu atitude e seu simples jeito de escrever romances, contos e ensaios. Deus cuide de você, mestre existencial.
FEMME GRIPAL
Diego H. Sosa
“Después de notar que yo estaba simultáneamente feliz y lúcido, una conjunción no sólo rara sino imposible, ella también quiso sentir lo mismo”…
Así que con mayor ahínco enfiló el cañón hacia mí. Una sonrisa triste pareció dibujarse en su rostro… Pude ver en los ojos de María la verdad que había estado buscando desde que llegué a Tabatinga, Brasil. Sus muslos se tensaron y yo seguí paralizado, mis ojos llorosos, mis jadeos congestionados. Por un instante, mis pensamientos se perdieron en sus curvas, en las concupiscencia de su busto, en la promesa inagotable de sus labios, en las noches de combate sexual juntos. Todo estaba claro para mí, caí como un pardillo en sus redes. Entonces estornudé…
Mientras me sonaba, recordé que dos días antes el capitán Lozano de la Policía me había pedido que ubicara a la mujer de un occiso que había aparecido en el barrio Las Cruces de Bogotá. El hombre, de quien sólo se sabía que vivía con una panadera, amaneció tirado en una calle con tres puñaladas en el corazón. No buscaba a la concubina del pan, quien lloró como una Magdalena en el funeral del hombre, sino a una mujer que, según los vecinos, se le veía rondar por el vecindario vendiendo flores. Las primeras indagaciones me llevaron a seguir su rastro hacia el sur, al húmedo Amazonas…
Las perspectivas en el caso no eran halagüeñas: en mis veinte años de ejercicio como detective, hábitos como el cigarrillo y el aguardiente me dejaron como resultado una sinusitis crónica, por lo que siempre empezaba a moquear hasta en las playas, en el bochorno de la tierra caliente. Debía cargar entonces hasta tres pañuelos diferentes y, a veces, cuando todos estaban sucios y no había podido lavarlos (casi siempre), me tocaba con el papel higiénico de una sola hoja, por lo que se me enrojecía la nariz por la frotación constante.
Fueron los pañuelos, un rollo de papel y solo una muda de ropa las que empaqué para el viaje. El capitán Lozano pagó el pasaje y me dio viáticos, sin explicarme su interés en el caso (yo tampoco pregunté, pues en este oficio sólo se pregunta lo imprescindible). Llegué a Leticia y el estornudo y la nariz tapada hicieron presencia desde el momento en el que bajé del avión.
Aunque tenía una descripción física de la mujer, tenía muy pocos datos sobre ella: joven, de rasgos hermosos, vestuario humilde y, a pesar de su labor como vendedora callejera, su vocabulario denotaba una alta educación; algunos dijeron que respondía al nombre de Leonor. Me dirigí entonces a la tienda de doña Marta, una mujer que decían tenía una memoria prodigiosa y que vivía desde hace más de cuarenta años en la capital del Amazonas. Al principio no quería darme nada de información, quizás por desconfiada. Pero empecé a “endulzarle el oído”, tratando ser coqueto y, finalmente, empezó a hablar.
Sus indicaciones me decían que una mujer como la que buscaba era una habitué nocturna de una taberna popular llamada “El Delfín Rosado”, en el centro. Iba a decirme algo más, pero mi moquera alcanzó su clímax, por lo que tuve que tapar mi boca. Creo que doña Marta se asustó por mi ataque de gripe, mis ojos rojos y llorosos, mis ojeras. No quiso decirme nada más y trató de alejarse de mí como quien está ante un leproso.
Esa noche fui a la taberna. Los síntomas de la sinusitis se habían exacerbado por efecto del nivel de humedad amazónico. Quería morir, mis bolsillos rebosaban de papel higiénico endurecido por el moco ya calcificado. Pedí una cerveza, la cual traté de tomar entre estornudo y estornudo.
Pregunté al barman por la mujer que buscaba. Como doña Marta, le sonó muy familiar. Me habló a la distancia, me evitaba también… había un aire acondicionado: su corriente fría hizo que me sacudiera un nuevo ataque de estornudos. Por eso, y por la música a todo volumen, no pude escuchar lo que me dijo, pero alcancé a ver que su mirada se dirigía a alguien detrás mío. Sonándome, volteé mi mirada y vi a una mujer felina que se dirigía a donde yo estaba… Era María (su nombre lo supe después).
Había escuchado mis preguntas y sabía de mi presencia porque, me dijo después, en la pequeña ciudad se hablaba de mí y de mis estornudos. Me dijo que conocía a Leonor, que incluso habían vivido juntas en un tiempo hasta que ella se fue a Bogotá desde hace un año, en busca de una mejor vida. A pesar de que la había llamado, casi no había hablado con ella. Fuimos hablando de otros temas y cuando nos dimos cuenta, el lugar estaba vacío. Las cervezas ingeridas hicieron efecto: recuerdo despertar en su cama, desnudo, con ella a mi lado mirándome. Desubicado, miré a la ventana, la luz del sol caía en mi cara.
Ahora estornudo poco, mi nariz no está tan tapada. Termino de recordar los momentos de pasión vividos con María. Volteo a mirarla, ya no está a mi lado. Como flashes volvieron a mí sus palabras sobre Leonor: ¡era su hermana! Había vuelto de Bogotá hace tres días, diciendo que un ser que amaba había muerto asesinado. Mirando al vacío, vino a mí la frase de María en momentos de clímax: “yo lo maté, yo lo maté”. En este punto descubro que mi nariz se ha destapado, no me sentía así desde que dejé Bogotá: até cabos y entendí todo. Fui feliz por los segundos de salud, sin gripa… ¡Gracias Dios! Entonces levanto la mirada y veo a María en la puerta de la habitación, con una vieja Luther en la mano…

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